Tu conciencia cita que el culpable vuelva a casa.
(Bullet For My Valentine [Tears don't fall]
Aporreé la puerta de madera, mi padre me abrió con los brazos abiertos y una gran sonrisa.
-Ailyn, ¡cómo has crecido! - exclamó mi padre mientras me abrazaba.
-Papá, nos vimos la semana pasada... - suspiré
-¿Quieres un café? - preguntó mi padre, ignorando mi comentario.
Asentí y nos sentamos en el pequeño y cómodo sofá, él trajo dos cafés y con una mirada él supo que algo me sucedía.
-Ailyn, respecto a lo de Christian creo que simplemente estabas cansada y tuviste una alucinación, yo que tú no se lo diría a Anna, conociéndola seguramente optaría por poner barrotes en tu ventana - estaba con la mirada pérdida y decía las cosas de una manera extraña, no típica en él - Y sobre lo de Jack, bueno, sabes que siempre adoré a ese joven. Sinceramente, creo que deberías de hacerle caso a tu corazón e ir a verle; escúchale y juzga a partir de los motivos que te de, al fin y al cabo, no pierdes nada.
-Creo que tienes razón - dije mientras observaba a mi padre, que en ese momento daba un sorbo al café - tengo que irme ya, no quiero llegar tarde.
-Vale - mi padre besó mi frente y salí corriendo hacía la puerta.
-Adiós papá - grité.
Cerré la puerta y casi pude escuchar a mi padre desearme suerte al otro lado de la puerta.
Al llegar a la calle fuí a paso ligero, no me quedaba mucho tiempo y la estación se encontraba a unos diez minutos. El tiempo fue generoso, la cortina de lluvia fue abriéndose conforme pasaba yo.
Llegué a la acera que se encontraba frente a la estación. Busqué la cara de Jack entre la gente que corría de un lado a otro buscando refugio para cubrirse de la intensa lluvia que caía. Yo adoraba la lluvia por lo tanto, en vez de huir de ella, la buscaba.
De repente, unos ojos verdes claros me hipnotizaron. No había duda, era él. Aunque había cambiado mucho, su cabellera rubia había sido sustituida por una gran cresta negra adornada con mechas moradas; otra gran diferencia era que el cuerpo flacucho que yo había anhelado abrazar había sido reemplazado por unos grandes abdominales que se marcaban tras ese jersey empapado.
Él sonrió y se dispuso a cruzar la gran carretera que se interponía ante ambos.
Ya quedaba poco para llegase hacía mí, mi corazón latía tan fuerte con cada paso que daba, que sentía que se me saldría de su caja de huesos de un momento a otro.
Repentinamente, aquel coche chocó contra su cuerpo. Haciéndolo volar un par de metros con aterrizaje en el duro y empapado asfalto.
Fuí corriendo hacía él mientras pedía ayuda, coloqué su cabeza en mis piernas. Estaba ensangrentado e incosciente. Grité que alguien llamase a la ambulancia, hasta que un hombre se acercó a mirar a Jack. Al ver su cuerpo se llevó las manos a la cabeza mientras repetía una y otra vez "Dios mío".
Escuché que hablaba con alguien, pedía una ambulancia. Yo sentía que mi cuerpo ya no me pertenecía, sentí que mi cabeza daba vueltas una y otra vez.
Caí sobre el cuerpo incosciente de Jack.
{...}
Abrí los ojos y la fulminante luz dañó mis pupilas. Tuve que llevarme las manos a la cara para poder abrir los ojos totalmente, giré un poco el cuello, me dolía muchísimo e incluso me mareé debido a que lo hice con demasiada rápidez. Al lado estaba Jack, tenía una pierna vendada y una mano también. Por lo demás, nada más grave aparentemente.
-Veo que ya has despertado. El pobre ha sufrido un gran golpe, aunque afortunadamente nada irreparable. Se pasará seguramente toda la noche dormido, tus padres andan por aquí, creo que estan hablando con el doctor.
-Exactamente ¿qué me ha pasado? - pregunté mientras me llevaba las manos a la cabeza, apoyando la palma de mi mano izquierda sobre mi frente.
-Te desmayaste. No debió ser agradable ver aquella cátastrofe.
-Apenas recuerdo nada.
-Lógico... Te diste un gran golpe en la cabeza cuando quedaste incosciente - dijo mientras salía - Ah, se me olvidaba. Hay un chico que desea verte, un tal Christian ¿le digo que pase?
Asentí.
Christian entró por la puerta pasados cinco minutos, sonrió y alzó la mano como saludo.
-¿Cómo sabes que estoy aquí?
-Tu padre me lo dijo - confesó mientras observaba a Jack - espero que se recupere - no sé exactamente porqué pero en sus ojos pude ver un odio oculto.
-Un momento... ¿desde cuándo hablas con mi padre? - estaba alucinando.
-Él también frecuenta el río amenudo, yo estaba con él cuando le llamaron dándole la noticia. Estaba asustado.
-Oh...- susurré.
Christian seguía con la mirada fija en Jack.
-¿Le amas? - preguntó desafiante e incluso un poco agresivo.
-No... claro que no... es mi amigo solamente - tartamudeé.
-¿Me amas? - giró su vista hacía mi rostro.
-No... No lo sé.
Entonces él besó mis labios, nuestras lenguas se unieron formando un dúo celestial. Algo mágico y prohibido. En el momento en el que nuestros labios se separaron lentamente sentí que el oxígeno se me agotaba.
Christian esbozó una sonrisa. ¿Cómo no le iba a amar? En dos días había cambiado mi mundo cómo se le había antojado.
Justo cuando nuestros labios volvieron a buscarse para unirse en un nuevo beso, la puerta se abrió inesperadamente y mi padre apareció con ella. Christian me daba la espalda, miraba a Jack, otra vez.
-Ailyn, volvamos a casa - dijo mi padre - mañana volveremos ¿de acuerdo?
-Sí... - afirmé.
miércoles, 12 de mayo de 2010
viernes, 7 de mayo de 2010
Capítulo Dos.
Nadie nos pertenece, salvo en el recuerdo
(John Updike)
-¿Desde cuándo me seguías? - pregunté resignada.
-Te vi salir de un bloque mientras iba de camino al río.
-¿Al río? - pregunté - no hace tiempo de darse baños.
-¿Y eso quién lo decide?
-¡Los metereólogos! - exclamé alucinada.
-De eso nada, unos chalados no me dicen a mí cuando he de ir al río - dijo Christian mientras caminaba tranquilamente, mirando al horizonte.
-Te falta un tornillo - le dije.
- Lo sé.
Paseamos un rato más, hacía algo de frío.
-Ésta es mi casa - dije señalando el bloque que se manifestaba ante ambos - ¿quieres pasar?
-Eh... sería mejor que me fuese ya. Dentro de poco anochecerá.
-Como quieras.
Mis músculos comenzaron a temblar, no podría soportar otra despedida como la de antes. Pero, en cambio, se fue rápidamente. Sin siquiera decir adiós.
Eso me dejó helada.
Me etí en el bloque y subí por las escaleras hasta el quinto piso. Eran las seis y media e invierno; lo que significaba que como bien había dicho Christian en cuestión de una o dos horas anochecería.
Subí a mi habitación para quitarme las botas, que ya pesaban demasiado.
Me quité la camiseta y desabroché el pantalón, lo bajé un poco hasta que empezaron a descender por mis muslos por sí solos.
Contemplé mi cuerpo semidesnudo en el espejo, la cicatriz con forma de Luna adornaba mi barriga, gracias a mi blanquecina piel apenas se notaba. Pero yo sabía que estaba allí, sentía el bombeo de la sangre bajo aquella pequeña línea blanca.
Me metí en la bañera, la espuma fue aumentando hasta cubrir mi cuerpo por completo.
Hoy había sido el día más extraño de mi vida; sumergí la cabeza en el agua durante varios segundos hasta que mi cuerpo reclamó oxígeno.
Me envolví en una toalla y volví a mi dormitorio.
Saqué mi pijama de invierno; era de algodón tintado de rojo. Recogí mi cabello en una cola alta.
Busqué algún libro en el que poder sumergirme durante la noche y así poder olvidarme durante unas horas de aquellos grandes ojos negros infinitos.
Pero algo rompió el silencio que me envolvía, venía del baño. Crucé el pasillo, de vuelta al servicio. La pequeña ventana estaba abierta y golpeaba la pared; era de noche y navaba. Cerré la ventana con pestillo y apagué la luz. El gato negro se cruzó en mi camino de vuelta al dormitorio.
-¡Lucifer! Me has asustado - el gato me miró y maulló.
Al levantar la cabeza, en el espejo de cuerpo entero que había en la zona opuesta del cuarto se reflejaba una imagen que me dejó sin respiración. Me reflejaba a mí... y a Christian, detrás mía, acariciando a Lucifer.
{...}
Me giré lentamente. Él ya no estaba allí y Lucifer me miraba como si estuviese loca desde mi cama. ¿Qué había pasado? ¿Me estaba volviendo loca? Lo había visto con mis propios ojos, acariciando al gato, mirándome.
Me senté en la cama y Lucifer vagamente fue hacía mí y terminó echandóse sobre mis piernas.
-¡Que gordo estás! - le dije al gato, su barriga había aumentado en cuestión de días.
Me miró con resignación y posó su cabeza, nuevamente.
De repente, sonó el teléfono.
-¿Diga? - pregunté asustada, ya era tarde para llamadas.
-¿Ailyn? Soy yo, Jack - dijo al otro lado del teléfono.
-Olvídame.
-Ailyn, perdóname. Puedo explícartelo todo.
-¿El qué me vas a explicar? ¿Qué te fuíste sin decir nada? ¿Sin dar direcciones? ¿Ni números de teléfonos? Podrías haber escrito una maldita carta. Abrí el buzón cada hora durante seis meses. ¡Ahora es tarde! - dije, mientras las lágrimas descendían por mi rostro.
-Entiendo que me odies, pero dame una oportunidad. Mañana, espérame en la estación de trenes a las siete. Por favor, dime que irás.
Colgué el teléfono.
Y volví al cuarto, me tumbé en la cama y observé la fotografía que había sobre mi mesita de noche, estaba expuesta en un marco negro; en aquella fotografía se podía observar a Jack y a mí en Verano.
El motivo de que no creyese en la amistad tenía un motivo. En mi vida, sólo había tenido amigo; con él me había sobrado desde siempre. Más que amigos éramos hermanos. Nos pasábamos día y noche juntos.
Pero un día, fuí a buscarle a su casa y ya no estaba. En su ventana un cartel de "SE VENDE". Llamé al número que venía en el cartel inscrito, pero me contestaba la inmobiliaria.
Nunca más lo vi.
Mi madre me llevó a un psicólogo y me diagnosticaron indicios de depresión. Pero lo que yo sentía, no lo podría diagnosticar ningún psicólogo. No era la cabeza lo que tenía mal, sino el corazón. Lo tenía roto, partido, destrozado... Mi otro yo había desaparecido.
Cogí su retrato y lo apreté con fuerza sobre mi pecho. Caí sumergida en un sueño del que no desearía despertar.
{...}
Fue el Sol el que me deslumbró; despertándome del sueño en el que me encontraba. Era Sábado y por lo tanto no había instituto. Tras los incidentes que habían ocurrido el día anterior me sentía agotada.
Deslicé mis piernas entre las sábanas. Eran las diez o eso decía mi reloj. Fuí a la cocina y deseé que mi madre me hubiese comprado nocilla, o pasteles o cualquier cosa que llevase chocolate.
Mi estado de ánimo estaba por los suelos desde la llamada de Jack.
No estaba segura de si debía ir o no. No podía evitar extrañarle, pero no sé si soportaría volver a verle... Aún tenía tiempo de pensarlo.
Fuí hacía la cocina, abrí la despensa y cogí galletas. Mientras mordisqueaba una me di cuenta de que una nota estaba puesta sobre la mesa blanca que presedía aquella cocina, la cogí era de mi madre, en ella decía que había salido a comprar y que volvería a la hora de comer.
Me fuí con mi paquete de galletas al salón, hoy era veintidós lo que significaba que tenía que acercarme a casa de mi padre a verle.
Mis padres se habían separado hacía cosa de tres años, aunque él ya no viviese en mi misma casa, lo veía amenudo. Los días veintidós eran obligatorios.
Iría después de comer. Mi padre y yo siempre tuvimos una conexión muy especial, él siempre intentaba ver el lado bueno de las cosas y yo el malo, por lo tanto nuestra gran diferencia era nuestro mayor vínculo.
(John Updike)
-¿Desde cuándo me seguías? - pregunté resignada.
-Te vi salir de un bloque mientras iba de camino al río.
-¿Al río? - pregunté - no hace tiempo de darse baños.
-¿Y eso quién lo decide?
-¡Los metereólogos! - exclamé alucinada.
-De eso nada, unos chalados no me dicen a mí cuando he de ir al río - dijo Christian mientras caminaba tranquilamente, mirando al horizonte.
-Te falta un tornillo - le dije.
- Lo sé.
Paseamos un rato más, hacía algo de frío.
-Ésta es mi casa - dije señalando el bloque que se manifestaba ante ambos - ¿quieres pasar?
-Eh... sería mejor que me fuese ya. Dentro de poco anochecerá.
-Como quieras.
Mis músculos comenzaron a temblar, no podría soportar otra despedida como la de antes. Pero, en cambio, se fue rápidamente. Sin siquiera decir adiós.
Eso me dejó helada.
Me etí en el bloque y subí por las escaleras hasta el quinto piso. Eran las seis y media e invierno; lo que significaba que como bien había dicho Christian en cuestión de una o dos horas anochecería.
Subí a mi habitación para quitarme las botas, que ya pesaban demasiado.
Me quité la camiseta y desabroché el pantalón, lo bajé un poco hasta que empezaron a descender por mis muslos por sí solos.
Contemplé mi cuerpo semidesnudo en el espejo, la cicatriz con forma de Luna adornaba mi barriga, gracias a mi blanquecina piel apenas se notaba. Pero yo sabía que estaba allí, sentía el bombeo de la sangre bajo aquella pequeña línea blanca.
Me metí en la bañera, la espuma fue aumentando hasta cubrir mi cuerpo por completo.
Hoy había sido el día más extraño de mi vida; sumergí la cabeza en el agua durante varios segundos hasta que mi cuerpo reclamó oxígeno.
Me envolví en una toalla y volví a mi dormitorio.
Saqué mi pijama de invierno; era de algodón tintado de rojo. Recogí mi cabello en una cola alta.
Busqué algún libro en el que poder sumergirme durante la noche y así poder olvidarme durante unas horas de aquellos grandes ojos negros infinitos.
Pero algo rompió el silencio que me envolvía, venía del baño. Crucé el pasillo, de vuelta al servicio. La pequeña ventana estaba abierta y golpeaba la pared; era de noche y navaba. Cerré la ventana con pestillo y apagué la luz. El gato negro se cruzó en mi camino de vuelta al dormitorio.
-¡Lucifer! Me has asustado - el gato me miró y maulló.
Al levantar la cabeza, en el espejo de cuerpo entero que había en la zona opuesta del cuarto se reflejaba una imagen que me dejó sin respiración. Me reflejaba a mí... y a Christian, detrás mía, acariciando a Lucifer.
{...}
Me giré lentamente. Él ya no estaba allí y Lucifer me miraba como si estuviese loca desde mi cama. ¿Qué había pasado? ¿Me estaba volviendo loca? Lo había visto con mis propios ojos, acariciando al gato, mirándome.
Me senté en la cama y Lucifer vagamente fue hacía mí y terminó echandóse sobre mis piernas.
-¡Que gordo estás! - le dije al gato, su barriga había aumentado en cuestión de días.
Me miró con resignación y posó su cabeza, nuevamente.
De repente, sonó el teléfono.
-¿Diga? - pregunté asustada, ya era tarde para llamadas.
-¿Ailyn? Soy yo, Jack - dijo al otro lado del teléfono.
-Olvídame.
-Ailyn, perdóname. Puedo explícartelo todo.
-¿El qué me vas a explicar? ¿Qué te fuíste sin decir nada? ¿Sin dar direcciones? ¿Ni números de teléfonos? Podrías haber escrito una maldita carta. Abrí el buzón cada hora durante seis meses. ¡Ahora es tarde! - dije, mientras las lágrimas descendían por mi rostro.
-Entiendo que me odies, pero dame una oportunidad. Mañana, espérame en la estación de trenes a las siete. Por favor, dime que irás.
Colgué el teléfono.
Y volví al cuarto, me tumbé en la cama y observé la fotografía que había sobre mi mesita de noche, estaba expuesta en un marco negro; en aquella fotografía se podía observar a Jack y a mí en Verano.
El motivo de que no creyese en la amistad tenía un motivo. En mi vida, sólo había tenido amigo; con él me había sobrado desde siempre. Más que amigos éramos hermanos. Nos pasábamos día y noche juntos.
Pero un día, fuí a buscarle a su casa y ya no estaba. En su ventana un cartel de "SE VENDE". Llamé al número que venía en el cartel inscrito, pero me contestaba la inmobiliaria.
Nunca más lo vi.
Mi madre me llevó a un psicólogo y me diagnosticaron indicios de depresión. Pero lo que yo sentía, no lo podría diagnosticar ningún psicólogo. No era la cabeza lo que tenía mal, sino el corazón. Lo tenía roto, partido, destrozado... Mi otro yo había desaparecido.
Cogí su retrato y lo apreté con fuerza sobre mi pecho. Caí sumergida en un sueño del que no desearía despertar.
{...}
Fue el Sol el que me deslumbró; despertándome del sueño en el que me encontraba. Era Sábado y por lo tanto no había instituto. Tras los incidentes que habían ocurrido el día anterior me sentía agotada.
Deslicé mis piernas entre las sábanas. Eran las diez o eso decía mi reloj. Fuí a la cocina y deseé que mi madre me hubiese comprado nocilla, o pasteles o cualquier cosa que llevase chocolate.
Mi estado de ánimo estaba por los suelos desde la llamada de Jack.
No estaba segura de si debía ir o no. No podía evitar extrañarle, pero no sé si soportaría volver a verle... Aún tenía tiempo de pensarlo.
Fuí hacía la cocina, abrí la despensa y cogí galletas. Mientras mordisqueaba una me di cuenta de que una nota estaba puesta sobre la mesa blanca que presedía aquella cocina, la cogí era de mi madre, en ella decía que había salido a comprar y que volvería a la hora de comer.
Me fuí con mi paquete de galletas al salón, hoy era veintidós lo que significaba que tenía que acercarme a casa de mi padre a verle.
Mis padres se habían separado hacía cosa de tres años, aunque él ya no viviese en mi misma casa, lo veía amenudo. Los días veintidós eran obligatorios.
Iría después de comer. Mi padre y yo siempre tuvimos una conexión muy especial, él siempre intentaba ver el lado bueno de las cosas y yo el malo, por lo tanto nuestra gran diferencia era nuestro mayor vínculo.
Capítulo 1
Capítulo 1
El primer amor es una pequeña locura y una gran curiosidad.
George Bernard Shaw (1856-1950) Escritor irlandés
Tan sólo escuchaba gritos de mi histérica madre chillándome desde su cuarto, ordenándome que me levantase ya.
Sabía que no pararía de gritar hasta que no me pusiera en pie y no tenía ganas de escuchar los chillidos de mi madre toda la mañana, así que me levanté de un bote de la esponjosa y tan adorada cama.
Estaba descalza y el contacto de mis pies con el frío mármol provocó que un escalofrío recorriese mi cuerpo. Tenía los ojos entrecerrados, por lo cual me estampé varias veces contra algunos de los muebles de mi cuarto. Entré al cuarto de baño y cerré la puerta. Ahora tocaba una de las pruebas más duras que una mujer coqueta puede pasar al cabo del día, verse reflejada en el espejo a primera hora de la mañana. Aunque yo lo tenía asumido, mi punto fuerte no estaba de recién levantada. Lo único que se mantenía en cierto modo estable eran mis pelos, que caían sobre mis hombros, formando una gran cascada de cabello pelirrojo.
Abrí el grifo y me eché agua fría en la cara, lo que me sentó francamente bien. Necesitaba refrescar mis ideas.
Ser un bicho raro nunca fue algo precisamente que las niñas desearan ser, pero no se podía negar lo evidente; en aquel instituto plagado de personas iguales, yo era un bicharraco raro. Allí, si aparecías dos días seguidos con libros que superasen las cien páginas, ya tenías indicios de bicho raro; y si encima vestías diferente y escuchabas rock o metal, eras un caso perdido, eras como una enfermedad de la cual evitaban contagiarse.
Aunque para mí, la enfermedad contagiosa eran ellos. Al fin y al cabo, siempre podría echarles en cara que un bicho raro aprobaba todas las asignaturas con matriculas mientras que ellos no pasaban del cuatro.
Pero siempre ocurrían una de estas dos cosas, la primera opción era que no entendiesen mi forma de hablar, ya que hablaba correctamente y sin comerme letras; o que no les importase lo más mínimo su futuro académico.
Ambas eran lamentables.
Cogí el neceser que estaba puesto sobre un pequeño mueble marrón, al cual mi madre lo llamaba “el mueble sagrado” ya que allí guardaba todas sus cremas, potingues y maquillajes.
Lo abrí y saqué mi eyeline negro, pinté una fina línea sobre los párpados, dándole un toque oscuro, lo que hacía resaltar el azul cielo de mis ojos.
Fui a mi cuarto y abrí el armario. Cogí lo primero que vi, me colgué la mochila y me fui camino al instituto.
Tocaba matemáticas, lo que era igual a cabeza en el pupitre y auriculares en las orejas. La profesora Morgan era realmente tonta. Sus clases parecían para niños de párvulo, en vez de para alumnos de tercero de secundaria.
Y encima de tonta, era buena. Me dejaba a mi aire, no me obligaba a atender en clase e incluso me decía que podía escuchar música si quería.
Llegué y solté mi mochila en el último pupitre de la clase. Me senté resoplando y me puse a escuchar música.
-Perdona, ¿te importa si me siento contigo? Soy nuevo y es el único asiento libre.
Esa voz no correspondía a ninguno de los burros de mi clase, lo adiviné al entender lo que decía. Levanté la cabeza y pude observar a un chico alto, de tez clara y pelo negro. Tenía una belleza que saltaba a la vista, pero lo que más resaltaba de él, no era ni su físico, ni la palidez tan extrema que lucía, sino sus grandes ojos negros.
-Oh… claro – dije tartamudeando. En ese momento, me entraron ganas de matarme a mi misma. Acaba de parecer la típica adolescente víctima de sus hormonas.
-Me llamo Christian y acabo de llegar al instituto, no conozco a nadie de por aquí, aunque las personas que hay por aquí no encajarían conmigo. Sin embargo, tú me pareces diferente. Espero que no te incordie mi presencia – dijo Christian con su clara voz aterciopelada.
-No, tranquilo. Pareces mejor compañía que cualquiera de estos homo sapiens. Me llamo Ailyn, encantada.
El chico sonrió y se giró para abrir su mochila. Yo volví a tirarme sobre el pupitre, observando como todas las locas de mi clase miraban al pobre Christian como si se tratase de una chocolatina.
Hacía tiempo que no conocía a nadie, físicamente tan interesante y atractivo. No es que me gustase, apenas lo conocía, pero me atraía y mucho.
Subí el volumen, ya bastaba de tonterías.
-Esa canción es verdaderamente buena. Una de las mejores de ese grupo – dijo Christian mientras miraba su cuaderno, aunque fingiese, sabía que me estaba mirando de reojo.
Sonreí tímidamente y asentí felizmente.
Mierda, otra vez. Como siguiese así, terminaría por optar a meterme cabezazos contra la garabateada pared que se encontraba a mi lado.
Sonó la sirena y salí disparada de clase. Casi como un rayo, incluso pude ver la cara de sorpresa de Christian al verme salir del aula.
Agité la cabeza de un lado al otro, ¿cómo podía haber quedado tan mal?
Suspiré y apreté los libros con fuerza contra mi pecho.
De repente, alguien chocó contra mi hombro.
-Te espero en el cuarto de la limpiadora – susurró Christian en mi oído.
Me quede allí, paralizada, víctima de los empujones de la gente.
Miré hacía todos los lados, aparentemente nadie me había visto quedarme embobada tras el roce de sus labios con mi oreja.
Tenía los pelos de punta. Bajé las escaleras, necesitaba un sitio donde nadie me viese. Quedaban menos de cinco minutos para que la siguiente clase empezase, pero iba a ir con Christian. Me encerré en el cuarto de baño.
Me miré en el espejo, tenía un aspecto bastante bueno. Aunque mi ropa no me convencía. Quería estar perfecta.
Cerré la puerta con el pestillo y me quité los pantalones, los rajé, haciéndoles varios agujeros y me los volví a poner. La combinación de mi pálida piel con el vaquero oscuro me sentaba de perlas.
Eso ya era otra cosa.
Aunque todavía tenía que hacer algo con esa camiseta.
Llevaba una camiseta negra de tirantas, así que no podía hacer gran cosa. Por lo que decidí quitarle las chapas rojas que llevaba mi mochila y ponérmelas en la camiseta.
Ya si estaba lista.
Quité el pestillo, abrí la puerta lentamente; sacando la cabeza para vigilar que no viniese ningún profesor, haciéndome asistir a clase obligatoriamente.
Nadie a la izquierda, nadie a la derecha.
Salí pitando, atravesando el pasillo. Al llegar a una pequeña puerta verde en la cual un gran cartel blanco con la palabra "MANTENIMIENTO" resaltaba.
Abrí la puerta y me metí corriendo.
-¿Hay alguien? - susurré - ¿Christian?
Allí no había nadie, definitivamente, el estúpido niño se había reído de mí.
Cogí el pomo de la puerta y justo antes de girarlo una mano me aplastó la mía. Involuntariamente se me escapó un grito agudo.
-Perdona haberte asustado - dijo Christian.
-Pensé que no estabas y tenía intención de largarme.
-Te he citado yo, no entiendo porqué tendría que darte plantón - dijo, lo imaginé esbozando una sonrisa pícara.
-¿Deseabas algo en concreto?
-No, simplemente es que te fuiste muy rápido de la clase de matemáticas y no nos dio tiempo a conocernos bien.
-¿Sabes? Pareces un violador, citando a una joven desconocida al cuarto de la vieja limpiadora - le dije mirándole fijamente.
-¿Y si lo fuese? - dijo acercándose.
-Sé defensa propia, te dejaría tirado en el suelo en cuestión de segundos - dije con orgullo.
-Intentémoslo.
Entonces el cogió mis muñecas, a lo que yo respondí con una patada en su entrepierna.
Cayó en redondo al suelo, haciéndome caer encima de él.
Estaba tumbada encima de él, intenté levantarme como pude.
-¿Qué tal se siente que te gane una chica? - le pregunté sacudiéndome el polvo.
-Vamos, te he dejado ganar.
Resoplé.
-La excusa de los perdedores.
Después de esa mini batalla, nos sentamos en el suelo y comenzamos a hablar de cosas. Le expliqué como eran las cosas en el instituto y cómo era la gente. Él me contó que venía de Francia y que por motivos personales había tenido que venir hacía aquí.
Estuvo hablando un gran rato, pero sólo le prestaba atención a veces, era casi imposible no quedarse embobada mirando sus ojos.
Ya era hora de largarse.
Él se levantó ágilmente y me ayudó a levantarme a mí.
El tacto con su mano fue algo mágico, sentí como si las estúpidas y malditas mariposas de las cuales tantas veces me había reído revoloteasen por mi barriga.
-Gracias - dije ruborizada.
Entonces él, todavía sosteniendo mi mano, la tiró con fuerza hacía él haciéndome quedar a unos centímetros de sus labios.
-Encantado de conocerte - susurró, nuevamente, en mi oído.
-Igualmente.
Y entonces, inesperadamente, el besó mi mejilla, haciéndome sentir como si levitase.
Abrió la puerta y salió al pasillo. Yo me quedé allí, tocándome la mejilla como una idiota más. Esa manía de hablarme en el oído acabaría conmigo, yo lo sabía.
Cogí la mochila y me encaminé rumbo a casa.
Por el camino, caí en el que ese había sido el día más extraño que había vivido en mi vida. No solía ser ni simpática, ni mucho menos tenía la afición de hablar con desconocidos y mucho menos de dejar que me besasen.
Pero esta vez era diferente, sentía cómo si conociese a Christian de toda la vida. Era una sensación nueva para mí.
Llegué a casa.
-Hola, ¿qué tal el día? – preguntó mi madre, desde la cocina.
-Como siempre, nada nuevo – le mentí.
Era toda una experta en soltarle mentiras a mi madre, al fin y al cabo llevaba haciéndolo desde que tenía diez años.
-Me voy, volveré muy tarde. No me esperes despierta – dijo mi madre, mientras cogía las llaves.
Ella trabajaba en un hospital y le cambiaban los turnos cada vez que les daba la gana.
Me besó en la frente y se fue.
Fui directa al salón y apagué la tele, en la que estaba puesto un programa del corazón.
Encendí el reproductor de música y lo puse a tope. Seguramente, la vecina de abajo no tardaría en subir reprochándome que si me gustaba esa música, si es que a eso se le podía llamar música me le bajase el volumen, antes de que se volviese loca.
En ese bloque me la tenían jurada desde que era pequeña, desde que a los siete años dejé a todo el bloque sin televisión una semana.
Abrí la nevera, mi madre me había dejado para calentar acelgas.
Sabía que las odiaba, así que lo tomé como una provocación. Por lo tanto, cogí dinero y me fui a la hamburguesería “El mal genio”, era un sitio pequeño, al que no iba nadie. Solían poner rock y estaba lleno de guitarras y de más; el único sitio que merecía la pena ir de aquel pueblo.
-¿Lo mismo de siempre? – me preguntó Michael, el camarero.
-Claro.
Me comí mi hamburguesa completa en cuestión de minutos, el día había sido excitante y a lo tonto no había comido nada.
-Michael, la cuenta – le grité mientras sacaba mi monedero.
-Ya te lo han pagado – dijo el camarero mientras señalaba algo.
Miré exhausta hacía el lugar al que señalaba el chico.
Y allí estaba él, ¿cómo no? Christian me miraba sonriente desde otra de las mesas de aquel restaurante.
Me levanté y le miré fijamente.
-Voy a tener que replantearme seriamente eso de que eres un violador – le dije sonriendo.
-Te lo advertí.
-¿Qué haces por aquí? – Le pregunté – dudo que alguien te haya recomendado este lugar.
-Lo cierto es que te seguí. Te vi y pensé en gastarte una broma o algo, pero entonces vi. que estabas muerta de hambre, por lo que decidí fastidiarte de una manera mucho más fina.
-Eres increíble.
Lo sé – dijo Christian mientras se levantaba - ¿damos un paseo?
El primer amor es una pequeña locura y una gran curiosidad.
George Bernard Shaw (1856-1950) Escritor irlandés
Tan sólo escuchaba gritos de mi histérica madre chillándome desde su cuarto, ordenándome que me levantase ya.
Sabía que no pararía de gritar hasta que no me pusiera en pie y no tenía ganas de escuchar los chillidos de mi madre toda la mañana, así que me levanté de un bote de la esponjosa y tan adorada cama.
Estaba descalza y el contacto de mis pies con el frío mármol provocó que un escalofrío recorriese mi cuerpo. Tenía los ojos entrecerrados, por lo cual me estampé varias veces contra algunos de los muebles de mi cuarto. Entré al cuarto de baño y cerré la puerta. Ahora tocaba una de las pruebas más duras que una mujer coqueta puede pasar al cabo del día, verse reflejada en el espejo a primera hora de la mañana. Aunque yo lo tenía asumido, mi punto fuerte no estaba de recién levantada. Lo único que se mantenía en cierto modo estable eran mis pelos, que caían sobre mis hombros, formando una gran cascada de cabello pelirrojo.
Abrí el grifo y me eché agua fría en la cara, lo que me sentó francamente bien. Necesitaba refrescar mis ideas.
Ser un bicho raro nunca fue algo precisamente que las niñas desearan ser, pero no se podía negar lo evidente; en aquel instituto plagado de personas iguales, yo era un bicharraco raro. Allí, si aparecías dos días seguidos con libros que superasen las cien páginas, ya tenías indicios de bicho raro; y si encima vestías diferente y escuchabas rock o metal, eras un caso perdido, eras como una enfermedad de la cual evitaban contagiarse.
Aunque para mí, la enfermedad contagiosa eran ellos. Al fin y al cabo, siempre podría echarles en cara que un bicho raro aprobaba todas las asignaturas con matriculas mientras que ellos no pasaban del cuatro.
Pero siempre ocurrían una de estas dos cosas, la primera opción era que no entendiesen mi forma de hablar, ya que hablaba correctamente y sin comerme letras; o que no les importase lo más mínimo su futuro académico.
Ambas eran lamentables.
Cogí el neceser que estaba puesto sobre un pequeño mueble marrón, al cual mi madre lo llamaba “el mueble sagrado” ya que allí guardaba todas sus cremas, potingues y maquillajes.
Lo abrí y saqué mi eyeline negro, pinté una fina línea sobre los párpados, dándole un toque oscuro, lo que hacía resaltar el azul cielo de mis ojos.
Fui a mi cuarto y abrí el armario. Cogí lo primero que vi, me colgué la mochila y me fui camino al instituto.
Tocaba matemáticas, lo que era igual a cabeza en el pupitre y auriculares en las orejas. La profesora Morgan era realmente tonta. Sus clases parecían para niños de párvulo, en vez de para alumnos de tercero de secundaria.
Y encima de tonta, era buena. Me dejaba a mi aire, no me obligaba a atender en clase e incluso me decía que podía escuchar música si quería.
Llegué y solté mi mochila en el último pupitre de la clase. Me senté resoplando y me puse a escuchar música.
-Perdona, ¿te importa si me siento contigo? Soy nuevo y es el único asiento libre.
Esa voz no correspondía a ninguno de los burros de mi clase, lo adiviné al entender lo que decía. Levanté la cabeza y pude observar a un chico alto, de tez clara y pelo negro. Tenía una belleza que saltaba a la vista, pero lo que más resaltaba de él, no era ni su físico, ni la palidez tan extrema que lucía, sino sus grandes ojos negros.
-Oh… claro – dije tartamudeando. En ese momento, me entraron ganas de matarme a mi misma. Acaba de parecer la típica adolescente víctima de sus hormonas.
-Me llamo Christian y acabo de llegar al instituto, no conozco a nadie de por aquí, aunque las personas que hay por aquí no encajarían conmigo. Sin embargo, tú me pareces diferente. Espero que no te incordie mi presencia – dijo Christian con su clara voz aterciopelada.
-No, tranquilo. Pareces mejor compañía que cualquiera de estos homo sapiens. Me llamo Ailyn, encantada.
El chico sonrió y se giró para abrir su mochila. Yo volví a tirarme sobre el pupitre, observando como todas las locas de mi clase miraban al pobre Christian como si se tratase de una chocolatina.
Hacía tiempo que no conocía a nadie, físicamente tan interesante y atractivo. No es que me gustase, apenas lo conocía, pero me atraía y mucho.
Subí el volumen, ya bastaba de tonterías.
-Esa canción es verdaderamente buena. Una de las mejores de ese grupo – dijo Christian mientras miraba su cuaderno, aunque fingiese, sabía que me estaba mirando de reojo.
Sonreí tímidamente y asentí felizmente.
Mierda, otra vez. Como siguiese así, terminaría por optar a meterme cabezazos contra la garabateada pared que se encontraba a mi lado.
Sonó la sirena y salí disparada de clase. Casi como un rayo, incluso pude ver la cara de sorpresa de Christian al verme salir del aula.
Agité la cabeza de un lado al otro, ¿cómo podía haber quedado tan mal?
Suspiré y apreté los libros con fuerza contra mi pecho.
De repente, alguien chocó contra mi hombro.
-Te espero en el cuarto de la limpiadora – susurró Christian en mi oído.
Me quede allí, paralizada, víctima de los empujones de la gente.
Miré hacía todos los lados, aparentemente nadie me había visto quedarme embobada tras el roce de sus labios con mi oreja.
Tenía los pelos de punta. Bajé las escaleras, necesitaba un sitio donde nadie me viese. Quedaban menos de cinco minutos para que la siguiente clase empezase, pero iba a ir con Christian. Me encerré en el cuarto de baño.
Me miré en el espejo, tenía un aspecto bastante bueno. Aunque mi ropa no me convencía. Quería estar perfecta.
Cerré la puerta con el pestillo y me quité los pantalones, los rajé, haciéndoles varios agujeros y me los volví a poner. La combinación de mi pálida piel con el vaquero oscuro me sentaba de perlas.
Eso ya era otra cosa.
Aunque todavía tenía que hacer algo con esa camiseta.
Llevaba una camiseta negra de tirantas, así que no podía hacer gran cosa. Por lo que decidí quitarle las chapas rojas que llevaba mi mochila y ponérmelas en la camiseta.
Ya si estaba lista.
Quité el pestillo, abrí la puerta lentamente; sacando la cabeza para vigilar que no viniese ningún profesor, haciéndome asistir a clase obligatoriamente.
Nadie a la izquierda, nadie a la derecha.
Salí pitando, atravesando el pasillo. Al llegar a una pequeña puerta verde en la cual un gran cartel blanco con la palabra "MANTENIMIENTO" resaltaba.
Abrí la puerta y me metí corriendo.
-¿Hay alguien? - susurré - ¿Christian?
Allí no había nadie, definitivamente, el estúpido niño se había reído de mí.
Cogí el pomo de la puerta y justo antes de girarlo una mano me aplastó la mía. Involuntariamente se me escapó un grito agudo.
-Perdona haberte asustado - dijo Christian.
-Pensé que no estabas y tenía intención de largarme.
-Te he citado yo, no entiendo porqué tendría que darte plantón - dijo, lo imaginé esbozando una sonrisa pícara.
-¿Deseabas algo en concreto?
-No, simplemente es que te fuiste muy rápido de la clase de matemáticas y no nos dio tiempo a conocernos bien.
-¿Sabes? Pareces un violador, citando a una joven desconocida al cuarto de la vieja limpiadora - le dije mirándole fijamente.
-¿Y si lo fuese? - dijo acercándose.
-Sé defensa propia, te dejaría tirado en el suelo en cuestión de segundos - dije con orgullo.
-Intentémoslo.
Entonces el cogió mis muñecas, a lo que yo respondí con una patada en su entrepierna.
Cayó en redondo al suelo, haciéndome caer encima de él.
Estaba tumbada encima de él, intenté levantarme como pude.
-¿Qué tal se siente que te gane una chica? - le pregunté sacudiéndome el polvo.
-Vamos, te he dejado ganar.
Resoplé.
-La excusa de los perdedores.
Después de esa mini batalla, nos sentamos en el suelo y comenzamos a hablar de cosas. Le expliqué como eran las cosas en el instituto y cómo era la gente. Él me contó que venía de Francia y que por motivos personales había tenido que venir hacía aquí.
Estuvo hablando un gran rato, pero sólo le prestaba atención a veces, era casi imposible no quedarse embobada mirando sus ojos.
Ya era hora de largarse.
Él se levantó ágilmente y me ayudó a levantarme a mí.
El tacto con su mano fue algo mágico, sentí como si las estúpidas y malditas mariposas de las cuales tantas veces me había reído revoloteasen por mi barriga.
-Gracias - dije ruborizada.
Entonces él, todavía sosteniendo mi mano, la tiró con fuerza hacía él haciéndome quedar a unos centímetros de sus labios.
-Encantado de conocerte - susurró, nuevamente, en mi oído.
-Igualmente.
Y entonces, inesperadamente, el besó mi mejilla, haciéndome sentir como si levitase.
Abrió la puerta y salió al pasillo. Yo me quedé allí, tocándome la mejilla como una idiota más. Esa manía de hablarme en el oído acabaría conmigo, yo lo sabía.
Cogí la mochila y me encaminé rumbo a casa.
Por el camino, caí en el que ese había sido el día más extraño que había vivido en mi vida. No solía ser ni simpática, ni mucho menos tenía la afición de hablar con desconocidos y mucho menos de dejar que me besasen.
Pero esta vez era diferente, sentía cómo si conociese a Christian de toda la vida. Era una sensación nueva para mí.
Llegué a casa.
-Hola, ¿qué tal el día? – preguntó mi madre, desde la cocina.
-Como siempre, nada nuevo – le mentí.
Era toda una experta en soltarle mentiras a mi madre, al fin y al cabo llevaba haciéndolo desde que tenía diez años.
-Me voy, volveré muy tarde. No me esperes despierta – dijo mi madre, mientras cogía las llaves.
Ella trabajaba en un hospital y le cambiaban los turnos cada vez que les daba la gana.
Me besó en la frente y se fue.
Fui directa al salón y apagué la tele, en la que estaba puesto un programa del corazón.
Encendí el reproductor de música y lo puse a tope. Seguramente, la vecina de abajo no tardaría en subir reprochándome que si me gustaba esa música, si es que a eso se le podía llamar música me le bajase el volumen, antes de que se volviese loca.
En ese bloque me la tenían jurada desde que era pequeña, desde que a los siete años dejé a todo el bloque sin televisión una semana.
Abrí la nevera, mi madre me había dejado para calentar acelgas.
Sabía que las odiaba, así que lo tomé como una provocación. Por lo tanto, cogí dinero y me fui a la hamburguesería “El mal genio”, era un sitio pequeño, al que no iba nadie. Solían poner rock y estaba lleno de guitarras y de más; el único sitio que merecía la pena ir de aquel pueblo.
-¿Lo mismo de siempre? – me preguntó Michael, el camarero.
-Claro.
Me comí mi hamburguesa completa en cuestión de minutos, el día había sido excitante y a lo tonto no había comido nada.
-Michael, la cuenta – le grité mientras sacaba mi monedero.
-Ya te lo han pagado – dijo el camarero mientras señalaba algo.
Miré exhausta hacía el lugar al que señalaba el chico.
Y allí estaba él, ¿cómo no? Christian me miraba sonriente desde otra de las mesas de aquel restaurante.
Me levanté y le miré fijamente.
-Voy a tener que replantearme seriamente eso de que eres un violador – le dije sonriendo.
-Te lo advertí.
-¿Qué haces por aquí? – Le pregunté – dudo que alguien te haya recomendado este lugar.
-Lo cierto es que te seguí. Te vi y pensé en gastarte una broma o algo, pero entonces vi. que estabas muerta de hambre, por lo que decidí fastidiarte de una manera mucho más fina.
-Eres increíble.
Lo sé – dijo Christian mientras se levantaba - ¿damos un paseo?
martes, 4 de mayo de 2010
Sinopsis
La gente toma a los demonios por seres oscuros, malévolos, incluso seres que merecen la muerte.
¿Alguien ha pensado cómo se siente alguna vez un demonio? ¿Alguien sabe cien por cien cómo y quién es de verdad un demonio?
No, la gente se ha creído lo que un par de viejas aparentemente inocentes cuentan acerca de ellos.
¿Alguna vez os habéis replanteado que un demonio tiene sentimientos? ¿Que puede deprimirse? ¿Que pueden llorar?
¿Que pueden reír?... ¿Que pueden amar?
No, claro que no.
{...}
Ailyn, una chica de quince años y gótica. Incomprendida por todo el mundo en su pueblo. Cansada de los burros que tiene por compañeros, decide marginarse diariamente en clase.
Ella tiene un cáracter demasiado fuerte y pocas personas saben sacarla de quicio... excepto él. Christian Olsen, un joven recién llegado al pueblo, su familia es un tanto extraña y anti-social. Christian es inteligente, ingenioso y muy atractivo. En sus grandes ojos negros se oculta un pasado lleno de terribles secretos que le perseguirán durante toda su vida...
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¿Alguien ha pensado cómo se siente alguna vez un demonio? ¿Alguien sabe cien por cien cómo y quién es de verdad un demonio?
No, la gente se ha creído lo que un par de viejas aparentemente inocentes cuentan acerca de ellos.
¿Alguna vez os habéis replanteado que un demonio tiene sentimientos? ¿Que puede deprimirse? ¿Que pueden llorar?
¿Que pueden reír?... ¿Que pueden amar?
No, claro que no.
{...}
Ailyn, una chica de quince años y gótica. Incomprendida por todo el mundo en su pueblo. Cansada de los burros que tiene por compañeros, decide marginarse diariamente en clase.
Ella tiene un cáracter demasiado fuerte y pocas personas saben sacarla de quicio... excepto él. Christian Olsen, un joven recién llegado al pueblo, su familia es un tanto extraña y anti-social. Christian es inteligente, ingenioso y muy atractivo. En sus grandes ojos negros se oculta un pasado lleno de terribles secretos que le perseguirán durante toda su vida...
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