Capítulo 1
El primer amor es una pequeña locura y una gran curiosidad.
George Bernard Shaw (1856-1950) Escritor irlandés
Tan sólo escuchaba gritos de mi histérica madre chillándome desde su cuarto, ordenándome que me levantase ya.
Sabía que no pararía de gritar hasta que no me pusiera en pie y no tenía ganas de escuchar los chillidos de mi madre toda la mañana, así que me levanté de un bote de la esponjosa y tan adorada cama.
Estaba descalza y el contacto de mis pies con el frío mármol provocó que un escalofrío recorriese mi cuerpo. Tenía los ojos entrecerrados, por lo cual me estampé varias veces contra algunos de los muebles de mi cuarto. Entré al cuarto de baño y cerré la puerta. Ahora tocaba una de las pruebas más duras que una mujer coqueta puede pasar al cabo del día, verse reflejada en el espejo a primera hora de la mañana. Aunque yo lo tenía asumido, mi punto fuerte no estaba de recién levantada. Lo único que se mantenía en cierto modo estable eran mis pelos, que caían sobre mis hombros, formando una gran cascada de cabello pelirrojo.
Abrí el grifo y me eché agua fría en la cara, lo que me sentó francamente bien. Necesitaba refrescar mis ideas.
Ser un bicho raro nunca fue algo precisamente que las niñas desearan ser, pero no se podía negar lo evidente; en aquel instituto plagado de personas iguales, yo era un bicharraco raro. Allí, si aparecías dos días seguidos con libros que superasen las cien páginas, ya tenías indicios de bicho raro; y si encima vestías diferente y escuchabas rock o metal, eras un caso perdido, eras como una enfermedad de la cual evitaban contagiarse.
Aunque para mí, la enfermedad contagiosa eran ellos. Al fin y al cabo, siempre podría echarles en cara que un bicho raro aprobaba todas las asignaturas con matriculas mientras que ellos no pasaban del cuatro.
Pero siempre ocurrían una de estas dos cosas, la primera opción era que no entendiesen mi forma de hablar, ya que hablaba correctamente y sin comerme letras; o que no les importase lo más mínimo su futuro académico.
Ambas eran lamentables.
Cogí el neceser que estaba puesto sobre un pequeño mueble marrón, al cual mi madre lo llamaba “el mueble sagrado” ya que allí guardaba todas sus cremas, potingues y maquillajes.
Lo abrí y saqué mi eyeline negro, pinté una fina línea sobre los párpados, dándole un toque oscuro, lo que hacía resaltar el azul cielo de mis ojos.
Fui a mi cuarto y abrí el armario. Cogí lo primero que vi, me colgué la mochila y me fui camino al instituto.
Tocaba matemáticas, lo que era igual a cabeza en el pupitre y auriculares en las orejas. La profesora Morgan era realmente tonta. Sus clases parecían para niños de párvulo, en vez de para alumnos de tercero de secundaria.
Y encima de tonta, era buena. Me dejaba a mi aire, no me obligaba a atender en clase e incluso me decía que podía escuchar música si quería.
Llegué y solté mi mochila en el último pupitre de la clase. Me senté resoplando y me puse a escuchar música.
-Perdona, ¿te importa si me siento contigo? Soy nuevo y es el único asiento libre.
Esa voz no correspondía a ninguno de los burros de mi clase, lo adiviné al entender lo que decía. Levanté la cabeza y pude observar a un chico alto, de tez clara y pelo negro. Tenía una belleza que saltaba a la vista, pero lo que más resaltaba de él, no era ni su físico, ni la palidez tan extrema que lucía, sino sus grandes ojos negros.
-Oh… claro – dije tartamudeando. En ese momento, me entraron ganas de matarme a mi misma. Acaba de parecer la típica adolescente víctima de sus hormonas.
-Me llamo Christian y acabo de llegar al instituto, no conozco a nadie de por aquí, aunque las personas que hay por aquí no encajarían conmigo. Sin embargo, tú me pareces diferente. Espero que no te incordie mi presencia – dijo Christian con su clara voz aterciopelada.
-No, tranquilo. Pareces mejor compañía que cualquiera de estos homo sapiens. Me llamo Ailyn, encantada.
El chico sonrió y se giró para abrir su mochila. Yo volví a tirarme sobre el pupitre, observando como todas las locas de mi clase miraban al pobre Christian como si se tratase de una chocolatina.
Hacía tiempo que no conocía a nadie, físicamente tan interesante y atractivo. No es que me gustase, apenas lo conocía, pero me atraía y mucho.
Subí el volumen, ya bastaba de tonterías.
-Esa canción es verdaderamente buena. Una de las mejores de ese grupo – dijo Christian mientras miraba su cuaderno, aunque fingiese, sabía que me estaba mirando de reojo.
Sonreí tímidamente y asentí felizmente.
Mierda, otra vez. Como siguiese así, terminaría por optar a meterme cabezazos contra la garabateada pared que se encontraba a mi lado.
Sonó la sirena y salí disparada de clase. Casi como un rayo, incluso pude ver la cara de sorpresa de Christian al verme salir del aula.
Agité la cabeza de un lado al otro, ¿cómo podía haber quedado tan mal?
Suspiré y apreté los libros con fuerza contra mi pecho.
De repente, alguien chocó contra mi hombro.
-Te espero en el cuarto de la limpiadora – susurró Christian en mi oído.
Me quede allí, paralizada, víctima de los empujones de la gente.
Miré hacía todos los lados, aparentemente nadie me había visto quedarme embobada tras el roce de sus labios con mi oreja.
Tenía los pelos de punta. Bajé las escaleras, necesitaba un sitio donde nadie me viese. Quedaban menos de cinco minutos para que la siguiente clase empezase, pero iba a ir con Christian. Me encerré en el cuarto de baño.
Me miré en el espejo, tenía un aspecto bastante bueno. Aunque mi ropa no me convencía. Quería estar perfecta.
Cerré la puerta con el pestillo y me quité los pantalones, los rajé, haciéndoles varios agujeros y me los volví a poner. La combinación de mi pálida piel con el vaquero oscuro me sentaba de perlas.
Eso ya era otra cosa.
Aunque todavía tenía que hacer algo con esa camiseta.
Llevaba una camiseta negra de tirantas, así que no podía hacer gran cosa. Por lo que decidí quitarle las chapas rojas que llevaba mi mochila y ponérmelas en la camiseta.
Ya si estaba lista.
Quité el pestillo, abrí la puerta lentamente; sacando la cabeza para vigilar que no viniese ningún profesor, haciéndome asistir a clase obligatoriamente.
Nadie a la izquierda, nadie a la derecha.
Salí pitando, atravesando el pasillo. Al llegar a una pequeña puerta verde en la cual un gran cartel blanco con la palabra "MANTENIMIENTO" resaltaba.
Abrí la puerta y me metí corriendo.
-¿Hay alguien? - susurré - ¿Christian?
Allí no había nadie, definitivamente, el estúpido niño se había reído de mí.
Cogí el pomo de la puerta y justo antes de girarlo una mano me aplastó la mía. Involuntariamente se me escapó un grito agudo.
-Perdona haberte asustado - dijo Christian.
-Pensé que no estabas y tenía intención de largarme.
-Te he citado yo, no entiendo porqué tendría que darte plantón - dijo, lo imaginé esbozando una sonrisa pícara.
-¿Deseabas algo en concreto?
-No, simplemente es que te fuiste muy rápido de la clase de matemáticas y no nos dio tiempo a conocernos bien.
-¿Sabes? Pareces un violador, citando a una joven desconocida al cuarto de la vieja limpiadora - le dije mirándole fijamente.
-¿Y si lo fuese? - dijo acercándose.
-Sé defensa propia, te dejaría tirado en el suelo en cuestión de segundos - dije con orgullo.
-Intentémoslo.
Entonces el cogió mis muñecas, a lo que yo respondí con una patada en su entrepierna.
Cayó en redondo al suelo, haciéndome caer encima de él.
Estaba tumbada encima de él, intenté levantarme como pude.
-¿Qué tal se siente que te gane una chica? - le pregunté sacudiéndome el polvo.
-Vamos, te he dejado ganar.
Resoplé.
-La excusa de los perdedores.
Después de esa mini batalla, nos sentamos en el suelo y comenzamos a hablar de cosas. Le expliqué como eran las cosas en el instituto y cómo era la gente. Él me contó que venía de Francia y que por motivos personales había tenido que venir hacía aquí.
Estuvo hablando un gran rato, pero sólo le prestaba atención a veces, era casi imposible no quedarse embobada mirando sus ojos.
Ya era hora de largarse.
Él se levantó ágilmente y me ayudó a levantarme a mí.
El tacto con su mano fue algo mágico, sentí como si las estúpidas y malditas mariposas de las cuales tantas veces me había reído revoloteasen por mi barriga.
-Gracias - dije ruborizada.
Entonces él, todavía sosteniendo mi mano, la tiró con fuerza hacía él haciéndome quedar a unos centímetros de sus labios.
-Encantado de conocerte - susurró, nuevamente, en mi oído.
-Igualmente.
Y entonces, inesperadamente, el besó mi mejilla, haciéndome sentir como si levitase.
Abrió la puerta y salió al pasillo. Yo me quedé allí, tocándome la mejilla como una idiota más. Esa manía de hablarme en el oído acabaría conmigo, yo lo sabía.
Cogí la mochila y me encaminé rumbo a casa.
Por el camino, caí en el que ese había sido el día más extraño que había vivido en mi vida. No solía ser ni simpática, ni mucho menos tenía la afición de hablar con desconocidos y mucho menos de dejar que me besasen.
Pero esta vez era diferente, sentía cómo si conociese a Christian de toda la vida. Era una sensación nueva para mí.
Llegué a casa.
-Hola, ¿qué tal el día? – preguntó mi madre, desde la cocina.
-Como siempre, nada nuevo – le mentí.
Era toda una experta en soltarle mentiras a mi madre, al fin y al cabo llevaba haciéndolo desde que tenía diez años.
-Me voy, volveré muy tarde. No me esperes despierta – dijo mi madre, mientras cogía las llaves.
Ella trabajaba en un hospital y le cambiaban los turnos cada vez que les daba la gana.
Me besó en la frente y se fue.
Fui directa al salón y apagué la tele, en la que estaba puesto un programa del corazón.
Encendí el reproductor de música y lo puse a tope. Seguramente, la vecina de abajo no tardaría en subir reprochándome que si me gustaba esa música, si es que a eso se le podía llamar música me le bajase el volumen, antes de que se volviese loca.
En ese bloque me la tenían jurada desde que era pequeña, desde que a los siete años dejé a todo el bloque sin televisión una semana.
Abrí la nevera, mi madre me había dejado para calentar acelgas.
Sabía que las odiaba, así que lo tomé como una provocación. Por lo tanto, cogí dinero y me fui a la hamburguesería “El mal genio”, era un sitio pequeño, al que no iba nadie. Solían poner rock y estaba lleno de guitarras y de más; el único sitio que merecía la pena ir de aquel pueblo.
-¿Lo mismo de siempre? – me preguntó Michael, el camarero.
-Claro.
Me comí mi hamburguesa completa en cuestión de minutos, el día había sido excitante y a lo tonto no había comido nada.
-Michael, la cuenta – le grité mientras sacaba mi monedero.
-Ya te lo han pagado – dijo el camarero mientras señalaba algo.
Miré exhausta hacía el lugar al que señalaba el chico.
Y allí estaba él, ¿cómo no? Christian me miraba sonriente desde otra de las mesas de aquel restaurante.
Me levanté y le miré fijamente.
-Voy a tener que replantearme seriamente eso de que eres un violador – le dije sonriendo.
-Te lo advertí.
-¿Qué haces por aquí? – Le pregunté – dudo que alguien te haya recomendado este lugar.
-Lo cierto es que te seguí. Te vi y pensé en gastarte una broma o algo, pero entonces vi. que estabas muerta de hambre, por lo que decidí fastidiarte de una manera mucho más fina.
-Eres increíble.
Lo sé – dijo Christian mientras se levantaba - ¿damos un paseo?
viernes, 7 de mayo de 2010
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