Nadie nos pertenece, salvo en el recuerdo
(John Updike)
-¿Desde cuándo me seguías? - pregunté resignada.
-Te vi salir de un bloque mientras iba de camino al río.
-¿Al río? - pregunté - no hace tiempo de darse baños.
-¿Y eso quién lo decide?
-¡Los metereólogos! - exclamé alucinada.
-De eso nada, unos chalados no me dicen a mí cuando he de ir al río - dijo Christian mientras caminaba tranquilamente, mirando al horizonte.
-Te falta un tornillo - le dije.
- Lo sé.
Paseamos un rato más, hacía algo de frío.
-Ésta es mi casa - dije señalando el bloque que se manifestaba ante ambos - ¿quieres pasar?
-Eh... sería mejor que me fuese ya. Dentro de poco anochecerá.
-Como quieras.
Mis músculos comenzaron a temblar, no podría soportar otra despedida como la de antes. Pero, en cambio, se fue rápidamente. Sin siquiera decir adiós.
Eso me dejó helada.
Me etí en el bloque y subí por las escaleras hasta el quinto piso. Eran las seis y media e invierno; lo que significaba que como bien había dicho Christian en cuestión de una o dos horas anochecería.
Subí a mi habitación para quitarme las botas, que ya pesaban demasiado.
Me quité la camiseta y desabroché el pantalón, lo bajé un poco hasta que empezaron a descender por mis muslos por sí solos.
Contemplé mi cuerpo semidesnudo en el espejo, la cicatriz con forma de Luna adornaba mi barriga, gracias a mi blanquecina piel apenas se notaba. Pero yo sabía que estaba allí, sentía el bombeo de la sangre bajo aquella pequeña línea blanca.
Me metí en la bañera, la espuma fue aumentando hasta cubrir mi cuerpo por completo.
Hoy había sido el día más extraño de mi vida; sumergí la cabeza en el agua durante varios segundos hasta que mi cuerpo reclamó oxígeno.
Me envolví en una toalla y volví a mi dormitorio.
Saqué mi pijama de invierno; era de algodón tintado de rojo. Recogí mi cabello en una cola alta.
Busqué algún libro en el que poder sumergirme durante la noche y así poder olvidarme durante unas horas de aquellos grandes ojos negros infinitos.
Pero algo rompió el silencio que me envolvía, venía del baño. Crucé el pasillo, de vuelta al servicio. La pequeña ventana estaba abierta y golpeaba la pared; era de noche y navaba. Cerré la ventana con pestillo y apagué la luz. El gato negro se cruzó en mi camino de vuelta al dormitorio.
-¡Lucifer! Me has asustado - el gato me miró y maulló.
Al levantar la cabeza, en el espejo de cuerpo entero que había en la zona opuesta del cuarto se reflejaba una imagen que me dejó sin respiración. Me reflejaba a mí... y a Christian, detrás mía, acariciando a Lucifer.
{...}
Me giré lentamente. Él ya no estaba allí y Lucifer me miraba como si estuviese loca desde mi cama. ¿Qué había pasado? ¿Me estaba volviendo loca? Lo había visto con mis propios ojos, acariciando al gato, mirándome.
Me senté en la cama y Lucifer vagamente fue hacía mí y terminó echandóse sobre mis piernas.
-¡Que gordo estás! - le dije al gato, su barriga había aumentado en cuestión de días.
Me miró con resignación y posó su cabeza, nuevamente.
De repente, sonó el teléfono.
-¿Diga? - pregunté asustada, ya era tarde para llamadas.
-¿Ailyn? Soy yo, Jack - dijo al otro lado del teléfono.
-Olvídame.
-Ailyn, perdóname. Puedo explícartelo todo.
-¿El qué me vas a explicar? ¿Qué te fuíste sin decir nada? ¿Sin dar direcciones? ¿Ni números de teléfonos? Podrías haber escrito una maldita carta. Abrí el buzón cada hora durante seis meses. ¡Ahora es tarde! - dije, mientras las lágrimas descendían por mi rostro.
-Entiendo que me odies, pero dame una oportunidad. Mañana, espérame en la estación de trenes a las siete. Por favor, dime que irás.
Colgué el teléfono.
Y volví al cuarto, me tumbé en la cama y observé la fotografía que había sobre mi mesita de noche, estaba expuesta en un marco negro; en aquella fotografía se podía observar a Jack y a mí en Verano.
El motivo de que no creyese en la amistad tenía un motivo. En mi vida, sólo había tenido amigo; con él me había sobrado desde siempre. Más que amigos éramos hermanos. Nos pasábamos día y noche juntos.
Pero un día, fuí a buscarle a su casa y ya no estaba. En su ventana un cartel de "SE VENDE". Llamé al número que venía en el cartel inscrito, pero me contestaba la inmobiliaria.
Nunca más lo vi.
Mi madre me llevó a un psicólogo y me diagnosticaron indicios de depresión. Pero lo que yo sentía, no lo podría diagnosticar ningún psicólogo. No era la cabeza lo que tenía mal, sino el corazón. Lo tenía roto, partido, destrozado... Mi otro yo había desaparecido.
Cogí su retrato y lo apreté con fuerza sobre mi pecho. Caí sumergida en un sueño del que no desearía despertar.
{...}
Fue el Sol el que me deslumbró; despertándome del sueño en el que me encontraba. Era Sábado y por lo tanto no había instituto. Tras los incidentes que habían ocurrido el día anterior me sentía agotada.
Deslicé mis piernas entre las sábanas. Eran las diez o eso decía mi reloj. Fuí a la cocina y deseé que mi madre me hubiese comprado nocilla, o pasteles o cualquier cosa que llevase chocolate.
Mi estado de ánimo estaba por los suelos desde la llamada de Jack.
No estaba segura de si debía ir o no. No podía evitar extrañarle, pero no sé si soportaría volver a verle... Aún tenía tiempo de pensarlo.
Fuí hacía la cocina, abrí la despensa y cogí galletas. Mientras mordisqueaba una me di cuenta de que una nota estaba puesta sobre la mesa blanca que presedía aquella cocina, la cogí era de mi madre, en ella decía que había salido a comprar y que volvería a la hora de comer.
Me fuí con mi paquete de galletas al salón, hoy era veintidós lo que significaba que tenía que acercarme a casa de mi padre a verle.
Mis padres se habían separado hacía cosa de tres años, aunque él ya no viviese en mi misma casa, lo veía amenudo. Los días veintidós eran obligatorios.
Iría después de comer. Mi padre y yo siempre tuvimos una conexión muy especial, él siempre intentaba ver el lado bueno de las cosas y yo el malo, por lo tanto nuestra gran diferencia era nuestro mayor vínculo.
viernes, 7 de mayo de 2010
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